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Reseña del libro de cuentos San Palito, de Juan Carlos Mon

Cristina Giménez |

En el recorrido por estos once cuentos, Juan Carlos Mon (padre de la revista tucumana El Gueto) hace gala de un estilo irreverente, desenfadado, que utiliza el recurso de la descripción escatológica para lograr la atención/aversión/rechazo/complicidad socarrona del lector.

A través de la subversión (otro recurso utilizado) decapita temáticas intocables como la maternidad o las creencias religiosas, por ejemplo, y luego encaja la cabeza en un cuerpo impropio, quedando al descubierto lo informe, lo grotesco y lo sórdido. Desde la irreverencia critica al catolicismo, al psicoanálisis, a la visión bucólica de los gauchos, a la maternidad idealizada y hasta al arte contemporáneo.

En el cuento “San Palito” satiriza al catolicismo, sus milagros, mandamientos y a su mayor representante en el planeta, describiendo el “misticismo” detrás de la canonización popular de un hombre, un santo fálico que satisface las necesidades de un pueblo que necesita creer, sentir y ¿gozar?

Juan Carlos Mon navega, también, en lo onírico a través de “El sueño de los locos”. Los sueños aquí son el velo necesario para mostrar la realidad de un país caótico, de una economía que oscila entre la catástrofe y el terremoto. Entonces, ¿por qué decir que el sueño esconde una realidad velada? Porque la auténtica y tangible es tan dolorosa y falta de solución que, ni aún descarnada ni satíricamente puede ser mostrada sin caer en la angustia. Los consejos del viejo Vizcacha aparecen en la voz de un Martín Fierro que reniega de la interpretación intelectual del ser gaucho y de la argentinidad. Esta transposición/confusión de las voces en donde Martín Fierro dice lo que en realidad expresó Vizcacha, nos muestra que en la constitución del ser argentino ha perdurado lo acomodaticio y el “hacete amigo del juez” para sobrevivir: en síntesis, la cultura de la viveza criolla, antes que la encarnación de los valores que interpretó Lugones.

El psicoanálisis moderno fracasa al igual que lo hizo la religión durante el Renacimiento; ninguno puede darle solución al protagonista de “Odiaos unos a los otros” que, aunque está curado, sigue sintiendo lo mismo que antes de hacer terapia, con la única diferencia de que puede encontrar las palabras para expresarlo racionalmente.

Lo escatológico tiene fuerza en todo “San Palito”, pero desborda en el relato “Monumento”, donde la digestión de comidas tucumanas regionales, termina siendo una obra de arte digna de admirar: ¿un guiño a la obra artística del Tucumán de hoy?

El narrador protagonista corona la mayoría de los relatos de San Palito, y de este modo, triunfa la subjetividad del yo, que se vuelve hacia adentro para parir protagonistas escépticos, alocados, desencajados, enajenados, incrédulos e irreverentes.

Pero, entre tanta crítica desenfadada, el autor no solo deja entrever su impronta hilarante a la vez que enjuiciadora de los temas ya mencionados, sino que, en esa explosión de cúmulos purulentos y nauseabundos de los tejidos del entramado social, también deja escapar ciertas creencias peyorativas del pueblo, como se ve en “Pastorcito lumpen” y en el mismo “San Palito”. En ambos relatos impera una visión denigrante de las clases bajas, visión desde arriba: una mirada transida por los estereotipos.

En definitiva, todos los relatos de este libro causarán una emoción en el lector, ya sea de agrado o de rechazo, pero lo que es seguro, es que de ninguna manera pasarán desapercibidos.



Juan Carlos Mon nació en Tucumán el 4 de mayo de 1982. Trabaja en la biblioteca de la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Tucumán desde el año 2012. Padre de la revista El Gueto (20 de septiembre del 2013) y de Valentín Ricardo Mon (28 de enero del 2015).

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