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Serie: Barrio «El Bosque» I

Por Gonzalo Roncedo |

He pensado que este trabajo, al cual vengo pateando desde hace rato, tiene que participar de otra serie. No es lo mismo un aguafuerte porteña que otra correntina. Lo mismo sucede acá: aunque sería una suerte de doceavo número de la serie «Autores a contrapelo», considerando que la calle Don Bosco, como la casa de los Buendía, es en sí autora de situaciones que podrían generar muchas novelas, sean aprehendidas por escritores o no. Este caudal de escritos no son de autores literarios sino agitaciones personales acerca de la cuadra en la que vivo. El hecho de no analizar autores literarios sino pormenores que hacen a la literatura en mi calle me permiten pensar una nueva serie. En esta cuadra han vivido pugilistas, artesanos, curas, profesores de piano, un diseñador de infografías y, claro está, la media que se redime y resume en burguesía gentil, para suerte y gozo de quien escribe, que se cansó de los proletarios de jugandito, para los cuales la cuatro por cuatro del papá o la mamá no se nombra cuando salen a mover carteles pro-revolución en el centro, tomando coca cola en campamentos anticapitalistas. No quiero entrar en polémicas, pero hay que decir las cosas como son porque sino de tanto ataque al pobre burgués por parte de sujetos semejantes, tanto ridiculizar a la clase media parecería que tenemos élites como la generación del ochenta dirigiendo el ámbito cultural, y en realidad hay lo que merecemos.

Taxiflet

Acaba de llegar a mis oídos que «el Negro» falleció en circunstancias que no me fueron referidas[1]. Creo se llamaba Manuel Maldonado, aunque la peluquera me indica que se llamaba Miguel. Fue el último empleado de la cooperativa de fleteros en la esquina de avenida Mitre y calle Don Bosco, primero de don Ángel C. Antolini, en sus penúltimas épocas de gestión manejada por su yerno, Luis A. «Coco» Ferrari, y al último sostenido por los propios empleados que le alquilaban a la hija de Coco, Elsita. Nos había dejado un poco antes Luis Lezcano, el otro fletero que quedaba, conocido a secas por el apellido, en específico seis meses antes de lo del Negro. Hace acaso cuarenta años en esa esquina plantaron una  mora; los meses finales frente de esa mora tenían ambos una feria de cosas usadas, cada uno con su camioneta para hacer mandados. Como el Taxiflet, que murió, las épocas mudan personas, lugares, y me es ingrato ver cómo el barrio se va desvencijando; ahora dicen que en el comienzo de la esquina vendrá un Casapan, alquilado a la familia del terreno, y puede que el terreno del Taxiflet  se adose al local.

Busco en la barra de búsqueda de Google «taxiflet don bosco», porque nunca supe cómo se llamaba. El algoritmo me formaliza un nombre: «Taxi Flet Antolini[2], y me informa que atiende en San Miguel de Tucumán en Don Bosco 1402. Don Bosco 1402, es decir al comienzo de la cuadra, casi tocando la avenida Mitre. Pese a que me aterra que una computadora sea más inteligente e informada que, no sé, el último adolescente yendo al colegio Tulio García Fernández (cuya parroquia linda al frente del flete, en línea directa con una palta plantada por don Ángel para dar sombra a los vehículos, palta que siguiendo la línea, cruzando la cuadra, llega a la mora, justo delante del cartel del Taxiflet). Me conforta un poco que el acontecimiento no llegó a oídos de Google. Es demasiado reciente la muerte del Negro, ¿será hace un mes ya?, falta que se vea qué pasará con ese lugar. Me reconforta que el Casapan todavía no aparece, que todavía respiro la postal en sepia de una época que pasó sin por eso parecer uno de esos viejos o viejas chotos escritos por la novelería tucumana que se expresan con jergas de hace cuarenta años. Quedan todavía en mí los juegos de infancia en ese lugar, eso sí, mientras el hermano de Arturo (otro fletero que se fue hace unas décadas), junto a Lezcano y el Negro, comandados por Coco, se disponían a trabajar en el puesto mientras llegaba algún cliente con prendas que transportar. Yo les caía a macanear a la tarde, luego del colegio, antes de que me pasaran a buscar. Habré tenido cinco años.  (Elsita me cuenta de don Severo Martínez y Antonio Mas también fueron parte de aquella empresa, «eran como hermanos para mí»).

Quizá ese recuerdo, sin una fotografía, valga más en esta época de redes sociales y aplicaciones automáticas donde pensamos que una fotografía vale más que una vivencia, o que el filtro de realidad aumentada tal, de la aplicación X cual, mejora la realidad. Qué joder: Midjourney ya dibuja mejor que varios estudiantes de Artes de la Universidad Nacional, y OpenAI puede escribir chistes, cuentos, poemas y artículos periodísticos. Esto no me asusta: doy la bienvenida a los colegas bots[3], en género neutro, que incluso siendo programas de computadora automáticos, sin humanidad, heredan como nietos de Dios más humanidad que una sarta de imbéciles barrocos que me producen náuseas cada vez que intento leerlos. Por suerte la memoria guarda eso feliz que se vivió, que se desvanece, y que se ve pasar mientras las facturas siguen llegando, o se suceden las sucesiones (valga el recurso poético) sin cuidado frente a motochorros y cualquier otra vorágine de neuróticos al volante (ahora que abrieron la calle al túnel de calle Córdoba).

Algunas cosas quedan en el alma, sin importar la novela de nuestros desasosiegos, su giro magistral y por suerte sin guionistas de segunda, para mal o bien.


[1] Elsita me comentó  luego de la escritura del texto que el Negro falleció por un problema cardíaco una tardenoche. Del lugar, al comienzo de la cuadra, ya habían partido Fani Antolini, que siempre saludaba al  pasante, y su vecino Guelly Ruiz Depecker al igual que el cuñado de Guelly, el Nene Lago.

[2] Me corrige la referida, quien aclara que, pese a Google, el lugar se llama TAXI FLET «DON BOSCO» y EXPRESO «ANTOLINI». Como al impresionismo de los recuerdos no le importa la exactitud del nombre, lo agrego en nota al pie.

[3]     Un bot es un programa que automatiza una tarea o realiza tareas repetitivas. El uso de la inteligencia artificial de esta tecnología es algo muy interesante, y se deja al lector la puerta si quiere averiguar más en internet. 


Foto: Mariano Roldán Zanotta

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