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Una canción punk, de Ezequiel Villarroel

Por Cecilia Rocabado |

 “Podrán pasar mil años
verás muchos caer,
pero si nos juntamos
no nos van a detener”

Attaque 77

El punk no me gustaba, me parecía una sola ráfaga de sonidos sin sentido aparente. Hasta que empecé a escuchar, hasta que mi amiga de Palpalá/Springfield me dijo que no sea gila…

Empecé la lectura de Una canción punk recordando mis resistencias, y tal vez resistiendo un poco. Me ocurrió lo que a veces me ocurre, lo devoré en un par de horas.

Conocía un poco de la poesía de Ezequiel Villarroel y supe, leyendo una entrevista, que el libro es su primera novela publicada.[1]

Una canción punk se divide en cuatro partes y comienza con un capítulo sin numerar, situado en el presente adulto de los protagonistas. La narración conmueve, invita inevitablemente al recuerdo y nos transporta a aquellos (otros) años maravillosos. De repente volvemos a ingresar en la secundaria, miramos alrededor para coincidir con amistades, vamos creciendo con ciertas certezas y muchas dudas, sufrimos, lloramos, nos enamoramos y alguien nos convida esa canción que ni sabíamos que existía y nos cambia.

Y es que esas canciones forman parte de la banda de sonido de tu vida, no las podés eludir y te sentís otra vez, como aquella vez. Sí, esa vez de los paros docentes de los 90, con esas profes que te aterrizaban de un hondazo en el mundo real; con tus viejos, teniendo trabajos extras para poder brindarte oportunidades. Como esa otra vez, que también ingresaste por el pasillo de Danielita[2] (pidiendo permiso en tu caso) para tomar una cerveza con tus amigas, con tu colegio a la vuelta y escondiendo el uniforme. Esa vez, que también fuiste pirata en la primavera, armando las mesas temáticas, que ahora como profe observás hasta en el Nivel Terciario. Hay cosas que afortunadamente no cambian tanto y, la primavera en Jujuy, es una de ellas. ¿Y aquella vez? Esa, cuando fumaste tu primer “cigarrillo” y aspiraste el humo, y ese Sr. artesano sonrió, y miraste cómplice a tus amigas, que son las mismas de ahora.

La novela es relato de remembranzas, pero también de amistades; de las que perduran y de las que quedan suspendidas, pero a las que volvés porque te abrazaron cuando la vida te iba diciendo crece, ¡dale!

En Una canción punk asoma -con un ritmo amable- una lectura que fluye. Alude a vivencias que exceden lugares y tiempos, todas y todos hemos sido adolescentes, tempranos y tardíos, señoritas y caballeritos, rebeldes con o sin causa, curiosos, vulnerables, insoportables…

¿Quién no soñó con formar una banda? ¿O con ser novia o novio del de esa banda? ¿Quién no pensó en tener un auto o una bici para ir a conquistar el mundo? ¿Quién no vivió su quinto año, su gira como “la mejor joda de todas”?[3]¿Quién no brindó “por la soledad” y “por la soltería”?

Y es que me encontré en el libro, en sus líneas aparentemente sencillas, una novela sonora, que me transportó a la Cuyayita[4] de mi niñez y mi primera juventud, a las melodías de los abrazos compartidos y de las confesiones incómodas. A esos gritos de interpelación al adulto de turno, a los silencios de los adioses, y al estallido de ese pogo perdurable, que a veces llamamos vida.


[1] Entrevista de un blog que casualmente recomendó Ezequiel en una clase de “Literatura del NOA” de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de Jujuy. https://abismosdeluz.wordpress.com/

[2] Bar, despensa, comedor, sitio de encuentros en el centro jujeño de aquellos años.

[3] Los entrecomillados de aquí en más son citas textuales de la novela.

[4] Alusión a Cuyaya, barrio de la capital jujeña, mencionado en el libro como el lugar donde se “crió” el protagonista.

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