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ISSN 2684-0626

 

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Una nueva primera vez. Crónica Feria del Libro Amaicha

Por Leticia Martínez |

Escribir es una vanidad, si no es para el amigo.
También para el amigo que no se conoce todavía.
Comité Invisible

Aprendí de chica que hay que tenerle mucho respeto a las montañas. No quisiera ponerme naturalista, en términos estéticos, pero hay cosas que sé, que entiendo y respeto sin hacerme demasiadas preguntas. Es como si escuchara la voz de mi mamá cuando, en mi infancia y adolescencia, yo recorría esos largos mil quinientos kilómetros (quizás más) desde Buenos Aires, hasta la casa de mi abuela (su casa) en Santa María, en los Valles Calchaquíes. Antes de cruzar la Aconquija no comas demasiado, podes mascar chicle, comé algo recién cuando llegues a Tafí, si te olvidas el chicle metete un piedrita blanca en la boca, en el Infiernillo rezá un padre nuestro y agradecé estar ahí. Con estos recuerdos, volví a la montaña, a los Valles.
Me bajé rápido del auto en el que cruzamos la Aconquija y miré todo, como si fuera la primera vez que pisaba ese pueblo de los Valles Calchaquíes. Como si la Aconquija no hubiese sido mi paisaje de infancia. De mis veranos e inviernos de vacaciones. Como si la infancia no fuese un territorio al que vuelvo y al que ansío llegar cada vez que puedo en el intento de reinventarlo y ver si puedo ser felíz. O estar menos sola. Esta vez, yo viajaba desde Córdoba, mi patria elegida para vivir en esta adultez que parece estoy viviendo.
Vi el cielo enorme de Amaicha, ensombrecido por las nubes que casi nunca están pero esos días de la Feria estuvieron bastante. Vi las calles angostas con autos que andaban en doble sentido, vi personas entrar y salir del patio de la escuela en el que se hacía la Feria. Vi, por primera vez, una Feria del libro en un pueblo que siempre me pareció lejano pero que, a la vez, era mi casa. Vi luces demasiado ilusorias, bombitas amarillas y blancas, haciendo luz y sombra, como si fueran deidades.
Una Feria en el patio de la escuela es , quizás, uno de los hechos más interesantes de esta Feria. Después, entre las charlas con los/as escritores y escritoras de la zona me enteré de que en ese patio se realizan distintas actividades comunitarias. Fue techado hace poco tiempo y forma parte de la vida común de los amaicheños y amaicheñas. Qué difícil es no sentirse lejana, por fuera, rara, en medio de una comunidad que se organiza diferente a lo que una cree y a los territorios que una habitó y habita. Soy porteña, nací y viví en barrios que ahora son paseos inmobiliarios y sitios de gastronomía snob, visité mucho el norte, viajé y viví también por ahí. Ahora, que vivo en el monte cordobés, entre las sierras verdes y amarronadas que se alejan de la ciudad, aun me cuesta entender que el patio de una escuela sea escenario de una Feria y reúna a importantísimos/as editores/as y escritores/as del NOA, lectores/as, músicos/as y gentes que la recorren.


El despliegue editorial me sorprendió. Cada vez que puedo, le digo a los/as editores: no entiendo cómo hacen lo que hacen. Es decir, llevan y traen libros (muchos, muchos libros), están todo el día en un puesto, conversan con cada persona que se acerca, charlan entre ellos, toman mate. Hacen todo eso desvelados/as. Cuando están de mal humor, no se les nota. Sólo te lo dicen cuando ya pasaron las actividades, cuando se hace de noche y nos encontramos en el chisme, entre comidas y bebidas. Casi todas las noches, la noche cayó sobre nosotros/as y nos devolvió de madrugada. Nos envolvió en vino, humo y tragos. La noche nos mostró su gesto amable en un río pedregoso. Cómo es que veíamos si no había luna y el negro nos cubría y las nubes alrededor nuestro eran una casa. Esas noches vivimos entre/en las nubes y no lo supimos.
Vi personas que organizaban comidas comunitarias para quienes participábamos de la Fería. Vi mesas grandes con guitarreadas inoportunas de un lado y risas macabras del otro. Nos vi a todas/os que cantábamos aun sin entender lo que cantábamos. Vi escritores/as y músicos/as trascendentes para la cultura popular reírse solo entre ellos/as. Vi caras de preocupación por los horarios de las actividades, vi a personas sumarse a talleres cuando parecía que venía lluvia y solo chispeaba y esas personas se reunieron de todos modos, para leer, escuchar y conversar.


Los talleres y charlas que sucedían en la Feria se dictaban en la plaza del pueblo y en la biblioteca. El azar del clima determinó que los stands de las editoriales y que las actividades por la tarde/noche se realizaran en el patio de la escuela. Toda la Feria, o gran parte de sus actividades, se realizarían en la plaza. Pero hubo que buscar un techo y fue el patio de la escuela. El espacio público se vuelve central para que ciertas cosas pasen. Plazas, bibliotecas municipales y/o populares, patios, escuelas, patios de casas que se vuelven comedores, ríos que son cobijo. Pienso en cuán alejada me siento de la vida en común, de la vida con los/as otras/os. Mi vida doméstica, mi trabajo de escritura que me atornilla a una computadora y a unos cuadernos, el tiempo libre que malgasto scrolleando. Pienso en lo necesario de salirnos de lo nuestro y llevarnos al espacio público, tomarlo, reterritorializarlo, atacarlo desde sus fauces. Hacerlo con otras/os.
Vi a la actual Pachamama darnos la bienvenida y contarnos que ella apenas sabe leer y escribir, vi la emoción del público cuando ella decía esto. Me vi a mí misma salir de mi cinismo y filmarla, desesperada. Vi libros que desee como joyas, la obra reunida de Luis Franco, el enorme poeta catamarqueño. Vi caminos de tierra pero una tierra distinta a la que camino en mi casa. Vi caminos de tierra que se sentían como pisar la puerta de entrada a las montañas. Vi sonrisas cómplices entre personas que no se conocían. Vi a una escritora y a un escritor escaparse todos los días de las actividades para pasear juntos y comer queso e inventarse una intimidad. Y lo cuento porque esa escritora fui yo.
Los días posteriores a la Feria, recordé un fragmento escrito por el Comité Invisible, en su libro A nuestros amigos (la edición rioplatense es de Hekht, 2015), en el que se caracteriza a las insurrecciones y se retoma la noción de lo popular. (…) “popular” viene del latin “populor”, asolar, devastar. Es la plenitud de la expresión (en los cantos, en los muros, en las tomas de palabra, en los combates), y la nada de la deliberación. Eso sentí en la Fería del Libro de Amaicha, “Impone (…) su propio uso del espacio público. Es (…) política de hechos consumados. Es el reino de la iniciativa, de la complicidad práctica, del gesto (…)”. Volví al libro, que había leído cuando me lo regalaron, hace una década, y noté que el espacio público es fundamental para que los encuentros culturales se sientan y sean verdaderos. Y eso fue una de las grandes decisiones de la Feria.
La programación de actividades con artistas locales también fue fundamental. Qué se lee, qué se escribe allí. También pienso si es que hay más grupos literarios o espacios de escritura y lectura en los Valles Calchaquíes para que formen parte en una próxima edición. Y esto lo pensé en conversaciones con amigos nuevos que hice en Amaicha. Es mejor pensar con otros. Todavía, una puede hacerse nuevos/as amigos/as. El libro al que volví se llama A nuestros amigos, no me parece casual.
Vi personas compartir desayunos y vi sus gestos de alegría al recibir un mate. Es sólo un mate compartido, pensé y eso era lo que nos alegraba. Vi a quienes nos recibieron preocuparse y hacerse mala sangre pero preguntarnos si habíamos dormido bien, si necesitábamos algo. Vi y comí uvas de las que no recordaba el sabor. Vi un video prohibido de un gran editor que fue modelo de pasarela y desfilaba con poncho y un sombrero hermoso. Vi a editores jóvenes, jovencísimos, con un empuje que me hace creer en la insurrección cultural. Vi a escritoras que publicaron su primer libro emocionadas de vino y de orgullo. Vi un presente de la literatura mucho más vivo que el de las grandes urbes literarias.


El libro del Comité Invisible termina así: Nosotros haremos lo que haya que hacer. Pensar, atacar, construir; esa es la línea fabulosa. Tampoco debe ser casual que la experiencia de la Feria me llevó a una lectura de un libro político/cultural y no a un libro literario. Quizás la pregunta que intento hacer es qué lugar tenemos como partícipes del oficio literario en la política de un territorio. Quizás sea un montón pero cuál es la escena cultural de la que queremos ser parte, cuál queremos inventar. Para disputar sentidos hay que asumirlos, devastarlos e inventar nuevos. Sigo siendo una extranjera en todos lados y asumirlo me vuelve humilde ante lo que no entiendo. No me interesa hacer un mito de un pueblo, eso es lo que haría cualquier porteña/o. Yo quiero rezar un padre nuestro y agradecer estar ahí. Quiero hacer preguntas nuevas, esa es la línea fabulosa, desde mi nueva primera vez en Amaicha del Valle.

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