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«está comprobado que una comunidad que apoya su literatura tira menos papeles en el piso»

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El sol después de la tormenta y los libros en Tucumán

Por Diego Puig |

Abril nos dirá si el encierro by coronavirus ayudó a la agonizante industria argentina del libro o si le dio otro empujoncito hacia el abismo. Sabremos, tal vez, si la gente compró (delivery incluido) libros nuevos de verdad (en papel o digitales), si aprovechó desde los títulos liberados a $0 hasta las promociones, si como yo se pusieron al día con los clásicos que se encuentran en PDF sueltos ahí por Internet, o si alegremente se consagraron a Tik Tok y mintieron sobre sus consumos culturales o literarios. Establecer de qué manera la industria editorial tucumana es representativa del ecosistema nacional o se conecta con la industria rioplatense es demasiado complejo y quedará para otra oportunidad.

Hace mucho, yo compraba libros de las editoriales importantes. Cuando costaban 200 pe. Soñaba con que mi biblioteca brillara gracias a los lomos amarillos de las novelas de Anagrama y elegía de a tres las fajas rojas de los libros de Salamandra (mis dos criterios principales para comprar libros en El Ateneo cuando solo existía El Ateneo porque en el otro lugar medio que te maltrataban). ¡Qué tiempos aquellos! Después me mudé, me enamoré y, para pagar un alquiler que no necesitaba, vendí mi biblioteca y ahora viajo liviano.

De todas maneras… y más allá del novedoso florecimiento del mundo literario local, todo escritor, incluso en la remota Tucumán, sueña, supongo, con publicar en las grandes editoriales. Grandes porque dos (Penguin Random House y Grupo Planeta) hipermonopolizan el mercado o, como Anagrama, el prestigio. Algunas editoriales independientes rioplatenses (por no decir centrales), comparten las migajas con honor o con honra.

Quizá, querido lector, te interese o quizá no: pero la cocina de la industria editorial en el mundo, en Argentina y en Tucumán es un quilombo de malos negocios, paupérrima profesionalización, injusticias capitalistas y sueños de todo tipo: rotos, enteros y también descremados. Por ejemplo, en el mundo, los dos grupos editoriales más grandes que por su peso controlan el mercado y los libros que se publican, deciden entre ellos quiénes ganan los premios literarios y se roban a los autores (se odian y pelean como se odian y pelean los buenos hermanos) y ellos, y solo ellos, entregan esos adelantos de los que hablan en las películas. Junto con la española Anagrama controlan el canon. ¿Y qué escritor no quiere ser canónico, (mas no canonizado)? Ahí está lo que se vende “en serio”.

Mientras tanto, en nuestro país, las ventas no dejan de caer desde hace cinco años y hoy se vende la mitad de lo que se vendía en 2016 (quizá, con suerte, ya estemos un 70 u 80 por ciento abajo, si se actualizan los números). Los precios de los libros son imposibles, el monopolio argento del papel cotiza en dólares y a cifras exorbitantes cuando se consigue el insumo, la vasta mayoría de los escritores reciben de las editoriales su pago en ejemplares (al rededor del 10 por ciento de la tirada o el 10 por ciento de las ventas, según el caso) y las librerías reciben en consignación los libros (es decir no los pagan hasta que los venden y si no los venden los devuelven: así y todo se quedan con el cuarenta por ciento del precio de tapa). Finalmente, los libros que no se venden se tiran o se queman.

En este ámbito, unidos por el amor y por el espanto, por los festivales, los talleres literarios y por las revistas culturales, nos conocemos todos y somos más o menos amigos. Eso también hace que se publique a los conocidos o a los que tienen muchos amigos y/o familias numerosas: público cautivo o nicho. Para colmo, es un mercado muy susceptible a las modas: hoy reinan las escritoras, algunas muy buenas, muchas muy malas. Pero no crean que haya sido diferente cuando los hombres copaban la parada, es decir los estantes. Hoy la mayoría de los hombres estamos escribiendo peor que las mejores mujeres.  Digamos todo.

Y en Tucumán… bueno, en Tucumán casi todo es artesanal (o fotocopiado) y aquí sí solo se vende a la familia y a los amigos… cercanos. Si das taller, tratás de vender tus libros a tus alumnos sin que sea muy obvio y tratando de que no parezca de mal gusto. Los que pueden se escapan a las editoriales de Buenos Aires, con un poco mejor de mercado, distribución y visibilidad.

Está claro que el 99 por ciento de los escritores no publicamos por dinero o ganancias económicas. En el mejor de los casos, lo hacemos por el reconocimiento (¡Hay cada ego, mamita!) y muchas veces porque no tenemos nada mejor que hacer con el producto de esa actividad que no podemos ni queremos abandonar. También porque con un libro editado adquirimos la chapa que nos permite escribir colaboraciones pagas en revistas, dar talleres y comer o viajar gratis en las ferias y festivales. Si es posible conservar cierto romanticismo en esta realidad, los escritores seguimos escribiendo y publicando para que nos quieran. Esa búsqueda del amor de los lectores no debe negarse, como tampoco el viejo adagio borgiano que dice que uno publica para dejar de corregir sus manuscritos. Y desde una perspectiva más cínica: el libro objeto es una necesidad del ego, un ejercicio de amor propio.

En mi caso, publiqué mi primera novela con una editorial emblemática de la resistencia porteña post 2001, Milena Caserola (así con S), un sello medio hippie con OSDE o de izquierda, cooperativista y pulmonar. Fue una experiencia linda, tengo un enorme cariño por mi editora y el libro objeto quedó realmente hermoso. Salieron algunas reseñas por ahí (que el diario La Nación publicara una me hizo llorar de emoción), las 200 copias que imprimieron se agotaron y ya no sé qué pasará con ese librito.

Cinco años después, en 2018, en el pico máximo de una crisis librera desaforada (hablando de achatar la curva…), tuve el privilegio de que Colección Mulita, la rama narrativa de una editorial chaqueña pero dirigida desde Buenos Aires por el escritor Mariano Quirós y por Pablo Black, publicara mi segundo libro, uno de cuentos esta vez. La experiencia a nivel humano fue genial y me invitaron a ferias y a festivales, me hicieron entrevistas y algunas revistas digitales publicaron reseñas o adelantos del libro. Colección Mulita cerró en 2019.

Una vez, un escritor porteño amigo me dijo que una buena estrategia sería convertirse en el escritor de Tucumán para los tucumanos. Y tal vez después, recién preocuparse por saltar al gran mercado de los libros (¡Anagrama nunca estuvo tan lejos!). Dado que las ventas están por el piso y las crisis de todo tipo nos inundan, y que todavía sigo firmando como un hombre (aunque no héteropatriarcal, ni cis, bueno, ni nada), creo que ha llegado el momento de publicar con una editorial tucumana.

A fines de febrero envié el manuscrito de una novela a la convocatoria nacional de Gerania Editores y a las pocas semanas recibí la buena noticia de que mi primera novela tucumana para tucumanos saldrá al ruedo allá por octubre. Antes de la cuarentena tuve una reunión con los chicos de la editorial y estamos contentos y entusiasmados. No es que yo me lo propusiera, en absoluto, pero los misteriosos caminos de la vida me han llevado a un recorrido de publicación que nunca me hubiese imaginado, con el que nunca soñé: Buenos Aires, Chaco, Tucumán. Me siento espléndidamente humilde y federal.

¿Qué va a pasar ahora? No sé muy bien. ¿Qué es lo que espero en mi calidad autoproclamada de escritor semiprofesional? Primero espero una lectura rigurosa por parte de mi editor (Diego Font) y conversaciones largas y negociaciones duras sobre el texto. Porque de verdad quiero que mi editor me ayude a hacer mejor la novela, me desafíe y me impulse a la excelencia. Espero que me dejen meter la cuchara a la hora del diseño de tapa (tengo un record narcisista perfecto de tapas lindas). También espero que los críticos lean la novela y me ayuden a ser mejor con la próxima. Espero que los lectores inviertan su dinero y su tiempo en mi arte y en el trabajo de la editorial y que les resulte útil o placentero. Espero que nos leamos, discutamos y armemos alguna polémica como para despabilar dormilones. Espero…  

Espero.

Hay buenas perspectivas para nosotros los escritores tucumanos. Creo que es viable la esperanza. Quiero creer que otra cosa puede pasar, incluso pese al abismo económico al que nos enfrentamos, tal vez gracias al filo de la barranca. En los últimos años han aparecido en nuestra provincia libros de gran factura como Ibatín de Blas Rivadeneira, de la editorial Culiquitaca; y Aquí se restauran niños y vírgenes de Verónica Barbero, por Minibus Editorial. Está latente la posibilidad de que Tucumán replique la exitosa experiencia cordobesa, con la que esa provincia del interior se convirtió en un polo de producción literaria extrarioplatense. La Cimarrona, Falta envido, Monoambiente, Gerania y Edunt tienen hoy en sus manos el poder de convertirnos en la Córdoba del Norte. Además, el ecosistema local está vibrando como hace mucho tiempo no lo hacía: con Tucumán Escribe, con Festivales de todo tipo como el FILT, Mayo de las Letras, el Festival Fideo. Ahora tenemos más librerías, ya sean cadenas o espacios independientes como Libro de Oro con una sección de literatura tucumana. Los que queremos escribir desde y para Tucumán podemos aspirar a que nuestra producción se reseñe y se comente más allá de La Gaceta (anti)Literaria: porque hoy existen excelentes revistas digitales especializadas.

Me gusta la idea de publicar en este Tucumán que no está acuartelado en un ghetto editorial o literario, que no se mira el ombligo y se autofelicita por cuatro fotocopias abrochadas y mal corregidas. En este sentido, Nacho Jurao desde Gerania Editores hizo una convocatoria nacional para su catálogo 2020 con enorme éxito. Aquí hay algo, estoy seguro. Pero como dijo Tusam, puede fallar. Sin embargo, en esta apuesta, sueño con seguir el ejemplo de una Luciana Tagliaprieta que hizo sus hermosos primeros discos en esta provincia, escribiendo y cantando sus canciones con nuestras consonantes y sus palabras. Y que puede mirar de frente a la producción discográfica del gran centro. Me encantaría que todos seamos Luchis y/o neocordobeces de las letras del jardín de la república. Pueden llamarme Esperancita. Ya les contaré como resulta mi experiencia. Mientras tanto vuelvo a creer que la revolución es posible, que vamos a hacer mejor y más brillantes aún a las letras tucumanas. Tan brillante como un estante lleno de lomos amarillos de Anagrama, tan amarillo y brillante como el sol que sale después de la tormenta.


Imagen 1: “26°46’01.3” S 65°22’04.3” W II”. Fotografía sobre lona (2015, S.M.T.) Autora: Romina Rosciano Fantino

Imagen 2: “Entre el inicio y el fin”. Intervención, 8x4x3,5 m. (2017, S.M.T.) Autora: Romina Rosciano Fantino

Imagen 3: “24°33’45.9″ S 63°22’30.3″ W II”. Fotografía sobre lona (2014, S.M.T.) Autora: Romina Rosciano Fantino

Romina Rosciano Fantino Nació en San Miguel de Tucumán en 1986. Es artista visual, Licenciada en Artes Plásticas por la UNT, investigadora independiente y docente de nivel secundario y superior. Fue becaria en diferentes oportunidades del FNA y del CIN, su obra artística fue premiada en salones y concursos. La misma se pregunta –e intenta responder- por lo social y su contexto, desde una perspectiva crítica y analítica. Fundó las JEIA (2015), el CEPAC (2017), es miembro de sensotucuman.com y es Co-directora de Linde Contemporánea. Cuenta con artículos en publicaciones locales y nacionales. Es fan de Seinfeld y The office.

2 respuestas a “El sol después de la tormenta y los libros en Tucumán”

  1. Jenny dice:

    Que esperanzadora mirada para Tucumán y los jóvenes escritores! Las Fotografías Elocuentes, imágenes que se disparan en un sinfin de nuevas imágenes!

  2. Dora Fantino Lemme dice:

    Una suerte de radiografía,sobre la situación de las editoriales hoy,Quizás con el tiempo Tucumán pueda convertirse,en un foco de irradiación literaria,Las fotos realizadas con ojo periodístico muestran la realidad

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