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ISSN 2684-0626

 

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La locura de los coleccionistas

Por Gonzalo Roncedo |

La mente consumista que alimentó mi cuerpo con nociones como «pulcritud» y «basura», hicieron que porque una edición absoluta tuviera una borra de café, quisiera regalarla a algún amigo y comprarla nuevamente. ¿Por qué?, me asusté cuando llegué a pensarlo. Porque es la manera en que se nos muestra desde antes de Youtube. Porque los que coleccionamos cosas industriales, capitalizadas, hemos sido inculcados para cuidar las tapas de aquellos autores que se dejaron las sienes por lo que está adentro. Recuerdo ahora el chiste de los Simpsons en el que Art Spiegelman, Dan Clowes y Alan Moore molían a golpes al gordo nerd de Springfield. Todos hemos sido criados como ese gordo nerd. No hay quien no emplastique su edición magra de algún gusto culposo, o de alguna obra inmortal. Lo que puede ser un buen cuidado del libro, pero que, en mi caso, es la «locura del coleccionista». ¿Tirar un libro de más de dos mil pesos por una borra de café? Maldito demente. Habría que ensuciarlo peor. Es la suciedad lo que demuestra su lectura, no las tapas cuidadas, buscando el comercio electrónico que aumente su valía comercial. La suciedad es directamente proporcional a la lectura.

Dichoso el ejemplar embarrado de alguna colección de Saki perdida entre Los Sorias, Ghostworld y algún estante de una librería como «Los primos», para aquellos nada esclavos ni poco estéticos que sostienen en esta provincia que «Tucumán es el culo del mundo»: justamente por eso es mejor a veces celebrar el culo que bostezar los ojos. Con menos influencias barrosas, Juanjo Hernández cimentó su obra; con menos, y jugando con su apellido a la hora de volverse un diógenes sin mayúscula, Eduardo Perrone. Ese rincón sucio, enbuenahora, clandestino y marginal, es el que puede curar la locura. Estaría muy bien ser molido a golpes por Spiegelman, Clowes y Moore de tanto en vez.

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