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ISSN 2684-0626

 

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La poesía está en la calle

Por Fabricio Jimenez Osorio |

El año 2013 significó un quiebre en la vida de muchas personas aquí en Tucumán. En la mía fue un antes y un después. El punto de referencia para entender eso fue la Toma de Filo y Letras, como consecuencia de la violación de dos estudiantes. Sin participar activamente de la Toma, pude ver, como en una auténtica e inolvidable primavera de despertares y luchas -y junto con eso también «salidas de closet»-, el nacimiento de diversos grupos activistas, algunos de los cuales se mantienen al día de hoy, y otros ya no. También trabé amistad con gente actualmente muy valiosa en mi vida. Una de ellas es quien menciono en el encabezado de mi reseña de La señorita Estrella para este sitio. Le pusieron Mariana Salvatore y ella se puso Simona, para ser llamada así por quienes la amamos, Simona o la Simo. Pero no me es relevante ahora profundizar en su relación familiar con Juan José Hernández.

     En la Toma, la Simo, mi amiga, fue una voz muy firme al momento de señalarnos la necesidad y el sentido de una literatura que no se desencontrara de su razón política. Para eso tomó la tradición de los anarquistas en los años 70, y extrajo desde allí hacia nuestros tiempos, como una inspiración y como una urgencia, la famosa «literatura de cordel». Coincidíamos en eso desde antes de conocernos, con la salvedad de que mi propuesta de activar esa forma autogestiva y comunitaria de hacer circular la producción literaria local, tenía otro origen en la historia y es la contracultura queer rioplatense durante la crisis del 2001. Como sea, nos terminamos encontrando con Simona y su militancia. Lo primero fue una ronda de lecturas. Muchísimos artistas, poetas y narradores participamos de su convocatoria para intervenir en la Toma: Lucía Galindez, Alejandro Gil, Lorenzo Verdasco, Daniel Araoz Tapia, entre otrxs. Esa noche me entregaron gratuitamente una publicación y ahí supe de la existencia de un grupo llamado Escritores en Marcha. Se trataba de un grupo que atravesó muchísimas renovaciones y crisis relacionadas al paso de sus integrantes, y pese a eso hubo una premisa que, en sus años de duración, jamás se rompió: crear y producir literatura para las calles a través de la palabra hablada, escrita y cantada, entendiendo a «la calle» como nuestro espacio histórico de lucha y conquistas mediante movilizaciones sociales, y también un espacio en el que hay poesía para leer y poesía siendo escrita permanentemente. 

     Como muchxs escritores tucumanxs, yo también llegué a formar parte de aquel grupo, y en mi paso por él, la literatura de cordel fue uno de los trabajos más arduos en el que me vi involucrado. Para quienes desconocen de qué se trata esto de «literatura de cordel», es un formato de producción, presentación y distribución de libros caracterizados por su apariencia folletinezca (son libros de pocas páginas, abrochados y sin lomo, a los que también se les llama «plaquetas»). 

     En el tiempo que estuve compartí experiencias de lectura, discusión y producción con lxs poetas Silvia Gómez, Candelaria Rojas Paz, Alejandra Diaz, Ana Dellepiane, Sergio Guardo, Lugui García Guerrero y Cecilia Villafañe. Mucho de ese material editado es difícil de encontrar ahora, y deseamos su valoración a través del tiempo para aquellas personas que en diferentes marchas -como en el Dia de la Memoria, o La Marcha del Orgullo- recibieron algún librito de los que supimos publicar a modo de antologías temáticas, como: «Puto el que escribe» (2014), «Antología desencadenada» (2015), «Somos esperadxs» (2016), «Sacrilegio» (2017), «Operativo de Pendencia» (2017), «Hilos de naranja» (2017), entre tantos otros. Y cuando hablo de «valoración» no me refiero a procurar no usarlas de posavasos o abanicos a las plaquetas, sino a su lectura crítica, y cuando hablo de «lectura» no me refiero al camino lineal, de izquierda a derecha que hace la mirada sobre las letras para formar palabras e interpretar oraciones, sino a leer en esos libritos su espíritu, su leitmotiv, su sangre, sus contradicciones, la poética y la política de su mala calidad, el sentido de su brevedad, de su gratuidad, de su tamaño, de sus temas y de sus formas, e incluso la historia real o supuesta de sus errores. A lo mejor pido mucho, pero no lo creo así, porque ¿qué nos hace más fácilmente posible, acaso, este ejercicio de lectura dedicado a autores canónicos cuyas voluminosas y carísimas obras están protegidas por tapas duras? ¿Y qué nos imposibilita esa misma dedicación dirigida a una literatura que para su acceso solo nos pide el deseo y la convicción de ponerle el cuerpo a una marcha?

     Y entiendo mucho a los amantes de la literatura como «fin» y no como «medio», porque soy uno de ellos, de hecho, el grueso de mi biblioteca está compuesta de adquisiciones de grandes cadenas libreras. Como amante tal, entiendo también esa forma de pensamiento que establece que no es literatura lo que se escribe con fines políticos sino solo lo que está destinado al placer estético (fue una de las primeras lecciones que recibí en mi paso por la carrera de Letras, que también abandoné, al igual que Escritores en Marcha). Si algo me hace hoy querer valorar y recomendar a este grupo de escritorxs tucumanxs, es su aporte para el cuestionamiento de los medios de producción en el hacer literario, y una producción poética más relacionada a una fuerza anhelante de transformación social, heredada de militantes subversivos que hicieron historia en nuestra provincia, y que a menudo dejamos de recordar en medio de la típica obnubilación provinciana por un hit en Buenos Aires; un hit que ni Buenos Aires ni nosotrxs necesitamos realmente, con toda la riqueza que tenemos como horizonte, y que está ahí, aquí, ahora, casi a punto de decir -si pudiera hablar- «vení, descubrime, haceme parte de vos, te vas a fascinar de verdad».

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