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La poesía filosófica de Santiago Sylvester

Por Fabián Soberón |

Santiago Sylvester ha reunido en dos libros un compendio de su obra poética: La conversación (Visor, España, 2017) y Antología personal (Libros del zorzal, Buenos Aires, 2022). No están incluidos todos sus poemarios, pero se trata de una síntesis amplia de lo que ha escrito en verso y en prosa.

Me voy a referir a los poemas. Los textos son una combinación exquisita de verso, micro ensayo (no discursivo, como diría Platón), afirmación que duda y paradoja. El verso se alarga o se acorta siguiendo un patrón invisible pero perceptible, organizado por un modo del pensamiento. En este sentido, los poemas surgen del enlace entre escritura y pensamiento. Pero no se trata de aforismos sino de algo más sutil, más refinado: son poemas, pero son poemas que buscan la expresión de una idea o de una hipótesis.

Que el futuro no arruine el presente:

que el presente no nos arruine el futuro:

que el presente no nos arruine el presente:

que el futuro no nos arruine:

que el pasado no nos arruine ni el presente ni el futuro:

que construyamos el pasado para tener un pasado:

que al pasado lo dejemos en paz

y que haya reciprocidad.

(“Variantes posibles”, incluido en La conversación)

Si no me equivoco, los antecedentes de Sylvester están en la lejana e ignorada  Margaret Cavendish, el portugués Fernando Pessoa y también en el mejor Borges, el menos ganado por la enfática vanagloria del barroco. Estos poetas han elaborado sus versos siguiendo la inusual articulación de pensamiento filosófico y emoción. En la poesía de Sylvester, las declaraciones que conjuran los versos no podrían estar en otra parte como verdad ciega. No hay dogmas: las formas de las paradojas desactivan los dogmas. Es como si las referencias a las pequeñas cosas o fenómenos profundizaran la condición reflexiva. Los versos potencian las afirmaciones y las revelaciones se alejan del tono olímpico e irracionalista de cierta poesía neorromántica. En todo caso, Sylvester une de forma sutil y lograda la especulación racional con el tono cotidiano. Es como si hubiera encontrado en el poema la forma precisa para anotar el lamento sosegado frente a la realidad metafísica, pero con la música y el ritmo de un versificador que ordena cada una de sus pasiones y aserciones.

Camina por un cuarto que no es este,

muerde un hueso que no existe,

Se mira en el espejo, una irrupción de niebla,

y ladra sin exclamación

mientras corre hacia el mar, el campo arado.

Al fin, harto, deja la ficción,

ya sin el riesgo de sacar de los sueños

otra cosa que sueños…

(“18”, incluido en Perro de laboratorio)

No podría decir que son poemas conceptuales o conceptistas, pero sí que claramente son poemas filosóficos. Y este es un gran logro porque hay un  curioso equilibrio entre filosofía y sensibilidad, una dosis justa de razón y sutil elaboración de cierta emoción intelectual. 

La mayoría de los poemas encaran la paradoja como tema y como problema. Y aparecen asuntos clásicos de la poesía como la fugacidad de la vida, la desaparición, la muerte, las repeticiones. La clave está en el enfoque original para componer los versos. El tono resulta de la mezcla de ironía, reflexión y ritmo. La ironía mejora la distancia del enfoque lírico; la reflexión resulta de un afilado punto de vista poético; el ritmo pule las ideas siguiendo un sentido estético. Todo esto provoca un efecto inusitado: pienso mientras leo, siento mientras pienso, leo rumiando mientras reflexiono. O, como diría Octavio Paz, entre lo que veo y digo, entre lo que digo y pienso, aparece la poesía.

Hacia el final de su libro Sobre la forma poética (Eudeba, Buenos Aires), Santiago Sylvester brinda su ars poética, al modo de Horacio en la preclara carta. Entre las razones para escribir poesía, sostiene que al menos hay dos: “que subyazga cierta incomodidad; es decir lo opuesto a la autosatisfacción: que el poeta se ponga en la tarea para calmar alguna inquietud”. Y “que se note el placer por las palabras: usarlas, hurgarlas, revisarlas y sacarles todo el jugo”. En estas apreciaciones está condensada la filosofía de la composición de Sylvester. No me detengo en la segunda sino en la primera: eso que el autor llama inquietud es una llama que pasa por cada uno de los corazones. La pregunta que queda en el aire es por qué ciertos individuos deciden encausarla en la prisión breve del poema y otros, no. La pregunta apunta en esta dirección: ¿por qué existe la poesía?

Al leer los ensayos y los poemas de Sylvester nos quedamos con la bienvenida impresión de que el poema es una inquietud calmada.

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