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ISSN 2684-0626

 

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Muestra de cuentos

Selección a cargo de Marcelo Martino |

El trabajo doméstico, con o sin remuneración, es desempeñado mayormente por mujeres. Las llamadas “empleadas domésticas” están expuestas con mucha frecuencia a situaciones de explotación, discriminación y maltrato. La relación tensa con sus empleadorxs (lxs “señorxs” o “patronxs”) y el desarraigo o ausencia prolongada de sus hogares son otras facetas de su vida. Los textos que presentamos hoy, “Etelvina”, de Tito Lizárraga (jujeño que vive por el momento en Tucumán) y “Santoral”, de Acheli Panza (misionera radicada en Buenos Aires), abordan, con tonos y registros diferentes, algunos de estos aspectos, sin cerrarle la puerta a la esperanza.

“La Etelvina”, Tito Lizárraga (inédito)

            Etelvina sube un pie a la silla, apoya ambas manos sobre la regordeta rodilla y se impulsa para levantar la otra pierna. La silla cruje, se lamenta en un quejido de astillas. Mira el piso y siente vértigo. Mira sus manos que sostienen un pedazo de cuero, esas mismas manos que hacen adobe y pan con chicharrón, esas mismas manos que acarician la tierra y la siembran, esas mismas manos que solo sirven para limpiar en la ciudad, esas mismas manos que impactaron en el rostro de la señora Amalia. Hacia quinientos sesenta y siete días que consumía en silencio el maltrato de los que vivían en la casa donde trabajaba. Hacia quinientos sesenta y siete días que se sometía a las requisas de su patrona, a la mirada de asco y burlas de los adolescente y al constante menosprecio del dueño de la casa. Etelvina, lejos de su tierra, lejos de sus tatas y sus ovejas, estalló en la tarde de enero cuando la señora Amalia había sugerido que su hijito había muerto por negligencia “nena, los chicos no se mueren así nomás en un país como este, no lo habrás cuidado bien, no sé…”. Se le nublan los ojos, pega una cachetada y escapa llorando. Sube al 130 y se mete en la oscuridad de su habitación y una maraña de emociones le toca todas las conexiones lacrimógenas. Llora en silencio como se llora en el norte, con el dolor bien encarnado adentro. Sacrificio, nostalgia, soledad, maltrato, resignación, dolor, nostalgia, soledad.

            Etelvina ata el cinto a la viga que sostiene el hervidero de chapas de la inmunda pensión del barrio de Once. Coloca el nudo en su cuello y mira las puntas de sus alpargatas bigotudas de yute, que hacen equilibrio en la cornisa del banquito. Estruja una carta en el racimo de chorizos bombón que forman sus manos y llora, pide perdón a sus padres, empuja el banquito y se suspende en el aire.

            Etelvina se da cuenta que la vida de pobre con sus seres queridos es más suave que la vida de pobre con uniforme color caqui y patrona de barrio Norte. Entonces decide regresar a su tierra de cerros, pencas y aguayos. Resuelve volver allí donde sus curvas son pachamama, donde su color greda es firmeza y su mirada es honda y querida. Intenta zafarse pero no le alcanzan las fuerzas.

            La quietud de la ciénaga de luz que atravesaba la habitación era rota por la contorsión del cuerpo que va disminuyendo su violencia hasta mecerse suavemente en vaivén llenando la siesta de miseria y dolor.

            El cinturón no soporta el peso, la tensión y se rompe. Etelvina cae al suelo hecha una masa inerte de carne y huesos, un montículo de músculos tensándose, poniéndose rígidos; su piel de greda comienza a palidecer y sus ojos abiertos pierden el brillo de los cielos de Tilcara. Su angelito enterrado en el cerro de Maimará no tendrá más flores de araimpo, tampoco va a poder reunirse con él porque es un angelito que viajó al paraíso con las alitas de alambre y tela y la escalerita blanca para que suba más fácil. En cambio ella irá directamente al infierno porque diosito no perdona a los suicidas.

            Etelvina desciende en un cinturón de cuero larguísimo por una veta cavernosa y oscura. Mecánicamente sus brazos bajan sin control, un silencio de pampas le perfora los tímpanos. Escucha una voz muy lejana, que viene de millones de años luz a su encuentro. –“Etel, Etelvina” un murmullo de arroyos se desliza por sus oídos y se le acurruca en el pecho. “Negrita, negrita, despertá mamita, vamos, vamos”. Etelvina siente el primer hormigueo en la mejilla y un remolino de viento norte le acaricia los pulmones y le pigmenta los ojos rasgados, suavemente, de ébano marfil. Etelvina tose, escupe vacío, tiembla. Su vecina, la salteña Marta, entró a la habitación cuando el desmoronamiento de huesos y el azote del cinto escapando del nudo de la viga la convidaron de intriga. El nudo se desata, Marta entra a la habitación, introduce sus manos en las tiniebla de la veta cavernosa y la arranca de cuajo hasta convertirse en  una manta que la cobija entre el llanto y los sollozos inestables.

            Al otro día levanta el teléfono y llama.

            -¿Mamá? ¿Cómo anda?

            – Bien mija. ¿Y usted?

            -Masomenos, quiero volver al pago.

            -¿Qué ha pasau?

            -Ando extrañando.

            -Bueno venga, acá la esperamos.

            -¿Mamá?

            -Diga mija.

            -Perdone, he fracasau.

            -Usté no ha fracasado, simplemente no ha encontrado el camino.

            -Le quiero mucho mamá.

            -Bueno mija.

            En esa lacónica conversación, Etelvina, encontrará la punta del ovillo del hilo intangible que une las emociones del mundo y esperara el colectivo en la estación de Retiro. Ella desandará el camino de las marquesinas y el ruido ensordecedor de la ciudad para regresar a su cielo estrellado de pencas y aguayos, donde otrora supo ser feliz.

“Detrás de escena”

            Estar lejos del pago, a veces, nos modifica el cristal con el que percibimos nuestra tierra y todo lo que viene incluido en ella (la familia, los amigos, el primer beso, la canchita de tierra, el cielo, en definitiva, el amor). En la soledad, ese desarraigo transforma aquel cristal en un caleidoscopio que nos muestra con melancolía lo que tuvimos y está lejos, aquello que fue bello pero se nos presenta lejano; cuando esta nostalgia se acompaña con gente inescrupulosa que usa y abusa del chango sin recursos, de la chica apacible, de aquel que es “del campo”,el desenlace no suele ser el mejor. “La Etelvina” es la condensación de todas aquellas personas abusadas física, económica y laboralmente, el colapso emocional al que son arrastradas por seres miserables, la desesperación silenciosa de aquel que escucha los arañazos de la tristeza en una puerta desvencijada mientras la noche se hace eterna. Pero también es la decodificación del amor en las pequeñas cosas y el triunfo de la esperanza. Escribir “La Etelvina” me ha ayudado a no olvidar el pago y comprender que las palabras de amor se transmutan en los tamales redondos de mi vieja o el abrazo partido de mi papá, entender que en este sistema banal y exitista ser feliz con las  personas que uno quiere, es una hazaña que debemos lograr.

“Santoral” (fragmento), Acheli Panza (del libro Santoral, Blatt & Ríos, Bs. As., 2014)

Septiembre 24, Pacífico Santo Sacerdote

            Me levanto temprano, rezo, rezo y pido perdón.

            La señora se levanta y me pide que le traiga la almohadilla térmica, le duele la espalda. Yo la busco pero no la encuentro por ningún lado, le pregunto a Moni, pero me dice que ella tampoco sabe dónde puede estar.

            Me acerco a la señora y le pregunto si sabe dónde puede estar la almohadilla térmica. Me mira levantando la ceja, la misma ceja que levanta siempre.

            ⸻Qué manga de inútiles que son las dos, no sé para qué les pago, si tengo que hacer todo yo ˗me dice, y se va.

            Me pongo a trabajar, y durante el día revisamos toda la casa, menos los placares cerrados con llave que están en la pieza de la señora.

            ⸻¿No estará acá en el placar con llave? ¿Qué guarda ahí? -le pregunto a Moni.

            ⸻Guarda cosas que compra y no quiere que nos enteremos, una vez la vi sacar un dentífrico de ahí. Yo me compro el dentífrico que uso, pero ella debe pensar que le usamos el dentífrico porque siempre me dice: “Qué rápido que se termina el dentífrico en esta casa”. Con la plata que tiene se fija hasta en un dentífrico, qué rata.

            La almohadilla no aparece, si no la encontramos para cuando vuelva la señora se va a enojar. A la tarde escucho la voz, me dice que la almohadilla la tiene la madre de la señora, eso me tranquiliza.

            A la noche, la señora me pregunta si encontramos la almohadilla, yo le cuento que la buscamos por toda la casa pero no la encontramos, que tal vez la prestó y no se acuerda. Cuando le digo eso me mira con odio: “Qué estupideces decís, si no la encuentran es porque la perdieron ustedes, y si quieren conservar sus trabajos, mañana mismo me compran entre las dos una nueva para reemplazar la que me perdieron”.

            Me retiro con lágrimas en los ojos, no sé cómo le voy a decir a Moni que tenemos que comprarle una nosotras.

            Cuando me estoy retirando escucho que el señor le dice: “Son dos paraguayas de mierda, como vos”.

            Le cuento a Moni, y le digo lo que pienso, que tal vez se la prestó a la madre y no se acuerda. Moni me dice que no hay solución, que puede ser, pero que nosotras no podemos hacer nada. Decidimos entre las dos comprarle la almohadilla mañana.

(…)

Octubre 16, San Gerardo Mayela

            Estaba tomando unos mates en la cocina cuando apareció la señora enfundada en un deshabillé de raso celeste claro hasta el piso, no la vi ni la escuché y su imagen me pareció la de un ánima trasladándose. No me hizo ninguna pregunta, se limitó a decirme que estaba buscando personal nuevo, que en cuanto encontrara a alguien me iba a despedir, que no estaba conforme con mi trabajo, pero que yo eso ya lo tenía que saber, que me fuera buscando otro lugar. Yo no le respondí nada. Tampoco tuve tiempo de hacerlo si hubiese querido. Pero no me importó mucho, al contrario, me pareció una oportunidad, y también una señal de que mi tiempo ahí ya había transcurrido.

            Por lo demás, hice mi trabajo como siempre. Al anochecer, me fui sin avisar. Dejé una nota: “Vuelvo enseguida”.

“Detrás de escena”

            Inicié “Santoral” sobre un cuento corto que había escrito un poco antes y del cual solo quedó el nombre. En esa época yo participaba de un taller de escritura y hacía una entrega por semana. Ese formato que tiene “Santoral”, como un diario íntimo, me permitió poder avanzar en tramos cortos. Todo lo que  ocurre en el cuento surge por ese respeto al trayecto. Esta aclaración es importante porque el desarrollo de la historia de “Santoral” no se dió per se. Fui  abriendo camino, escuchando lo que pedía el cuento y los personajes, entonces yo también me permití sorprenderme con lo que ocurría. Damián Ríos me preguntó una vez ¿Cómo iba  a seguir? y yo le respondí que no sabía porque pienso cortito. Siempre me acuerdo con simpatía de esa respuesta, y aún la sigo sosteniendo. El pensar cortito hace a mi escritura sin proyecto y también responde a que escribo para ejercer la mayor libertad, sin dejar de divertirme.

            Muchas gracias por esta hermosa convocatoria.


Dibujo para cuento de Tito Lizárraga: Cecilia Espinoza

Una respuesta a “Muestra de cuentos”

  1. Nicolás dice:

    Me encantó por que narra algo de lo autóctono en su trama.excelentes autores…

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