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Narrar -y decir- lo viviente

Notas acerca de El zumbido de la colmena (cuentos), de Jorge Estrella (Lucio Piérola Ediciones, 2014)

Por Pablo Campos |

Jorge Estrella fue un destacado filósofo y escritor. Dedicado en el campo académico a la filosofía de la ciencia, ha ejercido la docencia en varias universidades del país y de Chile.  Falleció en 2018.

Este libro está integrado por diez textos (para elaborar estas notas me he detenido en 5 de ellos) que comparten un rasgo o carácter: cierta falta de urgencias en la construcción de la prosa, el efecto de un pausado disfrute del proceso de la escritura que se proyecta luego en la lectura, y en algunos casos induce o invita a una placentera relectura.

Abre el volumen El papel del diablo, cuento donde la fantasía sirve de tranquilo sostén para el desarrollo literario de opacas, intrincadas y fascinantes cuestiones éticas, religiosas y epistemológicas. El sustantivo papel responde a dos referencias: por un lado, la del rectángulo delgado hecho de fibras vegetales procesadas –simple lámina blanca donde aprendemos a leer/escribir, y por otro lado, la alusión al rol, a la función que alguien desempeña o debe desempeñar. En cualquiera de las dos acepciones, y tratándose del diablo (asigne cada lector/a los alcances de esa milenaria palabra), es difícil que la curiosidad lectora no avance. Párrafo tras párrafo, el paciente narrador va sincerando el carácter filosófico del cuento: la distinción (urge aquí precisar: el grado de discriminación que pueda existir -o no) entre las leyes naturales, las leyes morales y las leyes divinas. A ello sumamos la gravitación de otro elemento indisimulable: el impudoroso poder.

El vértigo de la pregunta ¿Ser es ser percibido?, brota en mi lectura del texto Tipas, jazmines y coyuyos. En este relato (a mi entender no hace falta llamarlo cuento), el autor destila un conocimiento que no aparenta (reitero: no aparenta) provenir de la erudición acerca del universo botánico, animal y humano, sino más bien de la frecuentación contemplativa, de la cercanía empática con ese fenómeno que solemos llamar vida natural. Infiero esta afinidad a partir de las implicancias antropológicas de las descripciones: describir el entorno es describirse, pero ese describirse es simultáneo, por no decir posterior, a un deslumbramiento sensorial irrenunciable. Dos párrafos son dedicados al contacto visual con las tipas y los jazmines, y otro al inevitable canto de los coyuyos: salto del cuerpo hacia la epifanía, poesía vegetal, animal, y humana. De similar raigambre son los interrogantes del último párrafo, ajustada síntesis abierta hacia -y desde- el asombro. Pero no se trata aquí de descubrir la naturaleza de la naturaleza, no hay una búsqueda, una indagación (al modo pre-socrático) sino un adentrarse, un reconocerse en ese dentro

El aljibe parece haber sido escrito a partir de una premisa que conoceremos al final del cuento: la trama esconde esa idea inicial, procedimiento bien conocido entre los autores y lectores del género terror/misterio. La arquitectura que sostiene cada episodio, valga advertirlo, exige una considerable dosis de atención lectora.

En Río muerto reaparece la autopercepción de la experiencia frente al esplendor de la naturaleza. La poesía tiñe una prosa en la que, por citar un ejemplo, los cebiles, los laureles y las tipas “se disputan la luz y el cielo de las alturas y dejan en el suelo de tierra negra, la memoria de sus lluvias”. El narrador accede a ese entorno conmovedor en virtud de una comunión con lo viviente, una vía que roza, a fuerza de belleza, el desasosiego de vérselas con el enigma, con “el misterio de lo que uno sea”.

El zumbido de la colmena es el cuento que da título al libro. Esos dos sustantivos, colocados uno al lado del otro, potencian su volumen semántico. La reflexión sobre lo humano y lo animal (el lenguaje que atraviesa a una especie y a otra, la gravitación de lo individual y lo colectivo, el transcurso del tiempo, entre otros asuntos) discurre en paralelo al desarrollo de anécdotas que bordean la falsa crónica.

Es exagerado asegurar que la escritura de Estrella está al servicio del pensar filosófico. Pero tampoco se puede negar que en su prosa afloran inquietudes existenciales, epistemológicas, éticas y, por supuesto, intensamente poéticas.

2 respuestas a “Narrar -y decir- lo viviente”

  1. Susana dice:

    Vuelvo a recordarte el arte que tienes dentro y que lo expones en tu mirada profunda y bella hecha palabras.

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