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Néstor Rodolfo Silva y el yo sin tacto

Por Gabriel Gómez Saavedra |

La manifestación clásica de un lírico es la exposición del cuerpo del yo intervenido por el objeto del poema o, bien, la acción de intervenir dicho objeto con la herramienta del lenguaje que, si logra su última efectividad, se apropiará de la atención del lector y éste verá transformado su propio espíritu por un valor agregado, al menos, el tiempo que dure esa inmersión por fuera de su agenda rutinaria. O sea, elije la posesión como acción por excelencia para darle la posibilidad al lenguaje de materializar en algo comunicable la experiencia que le hace ruido como idea emocional.

Este partido de esgrima entre poeta y objeto puede traducirse en estocadas cercanas o lejanas, entre uno y otro, pero siempre en una interacción que podría definirse como tensión, donde el yo se impone o reduce su subjetividad. En el conocido poema “Fui al río” del entrerriano Juan L. Ortiz, la distancia entre el yo y el objeto (en este caso, el río) se lee, en primera instancia como aguda; traducida en anhelo y frustración:

La corriente decía
cosas que no entendía.
Me angustiaba casi.
Quería comprenderlo,
sentir qué decía el cielo vago y pálido en él
con sus primeras sílabas alargadas,
pero no podía.

Pero lo dicho, en los versos siguientes, también puede verse como energía previa al salto que hace pie en la conquista del objeto, al punto tal de reemplazar su identidad:

De pronto sentí el río en mí,
corría en mí
con sus orillas trémulas de señas,
con sus hondos reflejos apenas estrellados.
Corría el río en mí con sus ramajes.
Era yo un río en el anochecer (…)

Poeta y objeto se unifican en el poema y, por extensión, llegan así al lector, tallando uno de los rostros más visibles del ejercicio lírico. El poeta tucumano Néstor Rodolfo Silva (1922-2013) sin dejar de ser un intenso exponente del lirismo contemporáneo, hizo uso de un yo particular que podría describirse como sin tacto; que no se propuso intervenir ni interferir sobre la realidad material que lo rodeaba, ni ser afectado morfológicamente por ésta. Silva creó poemas donde la voz pasa por el objeto como un fantasma que no mancha con sus huellas digitales, sino actuando como protector de la integridad de las cosas. Pero no como un conservador que cristaliza la realidad para negar el paso del tiempo, sino como un nombrador del pulso permanente del objeto poético por sobre del tiempo. En la poesía de Silva todo se escapa de la decrepitud; hay en ella un clima que nos remite a la incorruptibilidad cadavérica, en la que el objeto se salva por su propia gracia y no por la momificación que realiza el poeta, y donde el poema es la tumba-vitrina de ese relicario. Ahora bien, el autor no pretendió erigirse como dador de indulgencias; no identificó lo incorruptible como sinónimo de estar libre de pecado, su poemas hablan de las partículas marginales que pueblan una ciudad diseñada como continente que da domicilio y ambiente a su poesía y, también, como musa constante que se da a conocer desde su primer libro Ciudad hacia la noche (1965). Leemos en el poema “Esquina”:

Mundo ciudad que me devuelve

al costado de estas calles

como a largas estaciones o ancho puerto,

con la gran soledad de acompañarte.

En el mismo libro encontramos “Tarde”, poema donde el yo sin tacto comparte, desde la distancia, una postal del devenir. En él, el verbo hay, a pesar del presente y la existencia que impone, le da un tono de autonomía a las imágenes con respecto al autor. El yo sólo es testigo de lo que desplaza la tarde y, a la vez, es encarnación de la imposibilidad de ser parte de ello:

Hay esta cuerda tensa de la pobreza.

Hay esa indiferencia que mira

los escaparates (…)

Poder decir                          

que todavía hay tiempo para el beso

apenas apartado.

Pero quiero reconocerme en tanta calle

y digo inútilmente alma.

Este mismo efecto puede apreciarse en otro poema de Virginia (1967), su segundo libro, donde la mujer referida es descripta como un óleo impresionista en movimiento y la distancia está representada por la lluvia, como único ser que interactúa con aquella, dejando fuera de cuadro al autor:

Y ahora

has ahuecado la mano

para recoger un poco de lluvia.

Te has detenido hasta sentir

que una tarde de lluvia es suficiente.

Ahora, si nos dirigimos a los libros Vuelta de página (1968) y Deslinde (1984), la apuesta del yo adquiere la forma de un prodigioso engaño. En estas obras los poemas eligen un tópico que se presenta como una base que sostendrá todo el desarrollo de la composición, pero mientras se la transita, la lectura no llega a un núcleo único, sino a la multisignificación, donde el objeto del poema abre puertas que incluyen relaciones que no son para nada directas o predecibles. Algo similar a una finta que suele usar el boxeador “Canelo” Álvarez cuando estira el brazo derecho para distraer la defensa del oponente y conectar un uppercut con el izquierdo. Para ello, Silva calza el traje de un insomne que confunde las dimensiones del sueño y de la lucidez, y las describe como una sola. Por ejemplo, en el poema titulado “Percepción de un solo día” transmuta tiempo por espacio:

De un día para otro

he vuelto a ver este lugar del mundo

que me toca.

Sin poder inventar nuevamente

el antiguo rostro

la mujer

el camarada (…)

Para continuar:

Lo justo estaba allí:

su habitación

sus habitantes

y yo con ellos cuidadosamente separado.

Sin embargo, como el que avisa no traiciona, el poeta nos insinúa su golpe en el epígrafe que está al inicio de Vuelta de página: “Saber que cada ser, que cada cosa, es objeto exterior y siempre ajeno, una forma tremenda el delirio”.

Lo dicho anteriormente encuentra su contracara en un par de poemas dedicados a la ausencia de personas del círculo íntimo del autor: el linotipista Justo L. Fontenla y el periodista Alberto Elsinger. Allí, el anclaje en el objeto del poema es cierto y sin artilugios, pero lo es a modo de rescate frente a la muerte. Los ausentes son colocados en tiempo y espacios del pasado, y se recrean en presencias que no pueden tener final. Leemos en el poema dedicado a Elsinger:

Hablo y es ayer este presente

es tu parte tu pudor tu desapego

el sonido de la lluvia

repitiendo máquinas que escriben

largas páginas al viento.

Cuando quiero mirar hacia adelante

y lo impiden los recuerdos.

A modo de cerrar estas líneas sobre el perfil lírico de Néstor Rodolfo Silva, sólo queda por afirmar que la artesanía compleja con que sostuvo la acción del yo le permitió correr las molduras de la subjetividad, e iluminar sus temas y obsesiones como entes autónomos que sobreviven sin su intervención, pero que sólo él fue capaz de traducir sin que caigan en la fría abstracción.


Este texto fue leído durante el homenaje a Néstor Rodolfo Silva organizado por el Ente Cultural de Tucumán en  la 19º edición del Mayo de las Letras.

Las fotografías son gentileza de Leopoldo Silva y pertenecen al archivo familiar.

8 respuestas a “Néstor Rodolfo Silva y el yo sin tacto”

  1. Hugo Francisco Rivella dice:

    Gracias simplemente

  2. Silvina dice:

    Un gusto leer «la traducción» de un poeta por otro poeta.

  3. Gabriel dice:

    Gracias Silvina.

  4. Mario Melnik dice:

    Qué buena reseña Gabriel, qué intensidad de poesía!

  5. Lily Jalile dice:

    Gracias por introducirme en la lectura de este poeta, Gabriel.

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