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ISSN 2684-0626

 

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Secretos, mentiras y covid 19

Por Santiago Garmendia |

Nietzsche, el gran provocador, no solo desconfiaba de las buenas intenciones, sino que las consideraba tóxicas. Uno de sus blancos favoritos era el supuesto amor por la verdad y todas las virtudes que sangran por la herida de la flecha del: sinceridad, objetividad, erudición y  cultura. No es que desprecie la ciencia y el conocimiento, sino la falsa vanidad de que nos preocupemos por la verdad en sí misma, que  nos creamos el animal que quiere conocer por conocer.  La verdad es algo que hemos inventado para sobrevivir, un adjetivo para consensos y herramientas que funcan. Por lo tanto, la esencia de la distinción entre la verdad y la mentira es la utilidad –y quien lo niega, miente al cuadrado. Nadie para el alemán terrible tiene como objetivo la verdad sino sus mieles; nadie detesta la mentira, solo su amargor.

La cuarentena ha tenido la desagradable secuela de restringir a los tucumanos y tucumanas nuestro derecho a mentir. Porque no solo se trata de una convivencia forzada, donde sale lo peor y lo mejor de cada uno. El tema es que nos arrebata el personaje, esa formidable artesanía que hemos hecho de cada uno. Enumero a continuación una serie de sentencias que han caducado y que forman parte del tronco de nuestra identidad:

-Estuve trabajando todo el día;

-No comí nada hoy;

-Necesitamos un tiempo juntos;

-Ya vengo.

Este panorama nos dificulta hasta el absurdo una tarea suprema: mantener el misterio. Como dice Bob Dylan en su famosa canción:

You are invisible now, you got no secrets to conceal

Sin secretos, sin somos invisibles. Sólo la opacidad nos hace patentes. Pero ojo que no solo se trata de lo que podamos ocultar a los demás, sino a nosotros mismos. Quién se cree ahora que necesitaba tiempo para uno mismo, que en una isla desierta leería Rayuela de Cortázar. Que uno mismo se basta solo para ser feliz.


Imagen: Odilon Redon, El monstruo

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